jun 022017
 

Ya es poco frecuente en nuestra sociedad un primer parto sin que la mujer elija usar la analgesia epidural. Creo que podría deberse a múltiples causas: los tiempos de parto, el miedo a lo desconocido, el no saber cómo me voy a encontrar en esta situación en la que nunca he estado, si podré convivir o no con el dolor, o el sentido instrumental que le da cada mujer al dolor del parto.

El primer parto es biológicamente más largo que los restantes, y esto hace que se necesite un periodo más extenso de contracciones uterinas y modificaciones corporales, y en consecuencia un mayor riesgo de complicaciones clínicas. Además, la segunda fase del parto, el expulsivo, es también más prolongada que en los sucesivos nacimientos, por lo que el tiempo de contracciones intensas, característico de esta fase también es mayor. Supongo que estos y muchos factores más, contribuyen a que resulte muy poco frecuente para las matronas acompañar y asistir primeros partos en los que la mujer opte por elección no hacer uso de la analgesia epidural.

Ayer fue uno de esos días para mí como matrona, poder tener la oportunidad de atender a una mujer que libremente opta por no hacer uso de la epidural en su primer parto. Llevo ya diez años en esta profesión, y reconozco que me siguen impresionando enormemente este tipo de partos, valientes, duros, intensos, no dirigidos, donde se convive con el dolor de una manera tan íntima y prolongada.

En muchos momentos, la mujer te dice, ¿dónde me he metido? Y tú como matrona quieres que también finalice. Porque implica una gran responsabilidad, estar presenciando el dolor en estado puro, y no sólo cuando el parto va clínicamente bien, sino también cuando se puede complicar en esa etapa más sensible que es el expulsivo.

Ese aro de fuego, donde las mujeres sentimos que nos partimos en dos, que dura cuatro contracciones, no una, como en los siguientes partos, cuatro, o cinco… eternas. Un dolor desgarrador, intenso, con el que al principio puedes convivir, pero luego se convierte en un océano inmenso y profundo, en soledad, en el que sientes un intenso miedo del que sólo puedes escapar tu sola, con tu valor. Eso es lo que te enseña, el valor, la fuerza que tienes dentro. Un dolor emancipador, una experiencia sobrenatural.

Y finaliza por fin, y se escapan las lagrimas, lo ha conseguido, lo hemos conseguido, también yo como profesional, luchar contra mi propios juicios de valor sobre el dolor. Porque últimamente tengo la convicción, a medida que estudio, observo e investigo sobre el dolor en el parto, que el problema de la convivencia con el dolor en el parto, está más en los profesionales que en las propias mujeres.

Gracias Marcela, por ayudarme con tu fuerza y valor biológicos a poder enfrentarme a mis juicios y debilidades como profesional ante el dolor. Gracias por sacar también todo mi valor.