may 302016
 

Tres años han pasado, y aun no he podido ordenarlo. No he podido escribirlo, porque no sabía por dónde empezar. Cuando un recuerdo aun es tan doloroso que produce lagrimas, no está preparado para ser ordenado. Pero lo voy a intentar, creo que me lo debo a mi misma, se lo debo a esa madre y también a nuestro bebé.

Ayer tuve una conversación con una amiga, de esas que inspiran, y tal vez pueda empezar por ahí. Me hablo de lo importante que fue para ella El Abrazo, un abrazo que llega a una madre en un momento durísimo de su vida, porque acaba de perder a su bebé, y tú has estado presente, le has acompañado, y ese bebé también te deja a ti, sola, perdida, confundida, hundida. Todo lo que crees como profesional se desbarata, se desmonta, porque la vida está acompañada por la muerte, y eso se olvida, no está presente, necesitamos olvidar eso para seguir trabajando, pero a veces aparece de repente, cruel, injusta, inexplicable.

Empezaré mi relato por mi abrazo, el abrazo que pude dar a esa mamá en un momento que lo ha perdido todo, un abrazo desde lo más profundo de mi alma, con todo mi corazón y mi sentimiento, un abrazo que da algo de sentido a un suceso sin sentido, sin explicación a la lógica, no responde a causa, sin sentido humano.

Un abrazo que ahora valoro como un regalo, de ella hacia mí, por permitirme ofrecerlo, mío hacia ella, por haber tenido el valor para hacerlo.

Un abrazo que me ha ayudado a continuar estos tres años. A volver a creer en la vida, en mí trabajo, en el proceso de nacer. Que me ha hecho crecer como profesional, que me ha hecho saber cómo poder ayudar a compañeras y madres cuando pasan por tragedias similares. Porque esos bebés dejan a sus padres, pero también dejan a sus matronas.

Sé que tú también has continuado hacia delante, has vuelto a ser mamá, con ilusión y valentía. Igual que yo he continuado acompañando como matrona a mujeres con tanto optimismo y confianza en la vida como lo tenias tú.

Ojalá que nuestro abrazo haya podido ser para ti un regalo como lo fue para mí, un regalo que te haya permitido hacerte más fuerte. Que te haya permitido volver a creer en ti, igual que lo hizo conmigo. En un momento que se desmonta todo y solo algo así puede ordenar un sin sentido. Costó, costó mucho, pero la resiliencia aparece de repente en las personas como una flor en primavera, después de la dura nevada de invierno. Porque los bebés dejan a sus padres, pero también dejan a sus matronas.

Desde el cielo, pequeño Enzo, yo también te pienso.